Destino

Meg-chan




Capitulo 3





La lluvia seguía cayendo abundantemente, empapando sus vestiduras, goteando por sus cabellos, mojando sus mejillas, pero Sorata no se daba cuenta. No podía dejar de mirar a la joven que tenía frente a él. Vestida con una falda color crema por la rodilla, un jersey marrón de cuello alto, una chaqueta corta a juego con la falda y botas altas, la Sacerdotisa Oculta de Ise estaba más encantadora que nunca. Sus largos cabellos negros estaban recogidos en una cola de caballo alta y caían en cascada por sus hombros y espalda.

-Te vas a empapar...

Sorata reaccionó y miró a la joven, que ahora estaba junto a él, cubriéndole con el paraguas.

"Di algo, rápido."

El novicio se echó a reír mientras se frotaba nerviosamente la nuca.

-¡Es verdad! ¡Y pensar que era yo el que venía en tu auxilio...!

Arashi contempló el cambio operado en su expresión, y cuando su risa resonó en sus oídos, se dio cuenta de cuánto la había echado de menos. Un lejano trueno estremeció el cielo. La lluvia arreciaba y caía en cascada por las varillas del paraguas. Sorata se volvió hacia ella con una sonrisa.

-Será mejor que busquemos otro sitio donde guarecernos... No me perdonaría si te mojaras lo más mínimo.

-Cariño estás preciosa. Ese cambio de look... ¿es por mí...? La verdad es que no tenías que haberte molestado. Me gustabas también antes, cuando llevabas el uniforme escolar, y...

"Sigue siendo el mismo de siempre." - pensó Arashi mirando a Sorata, mientras éste seguía con su charla.

Ambos estaban sentados en los escalones de madera del porche de uno de los templos adyacentes. La joven contempló la lluvia caer mientras en su interior resonaban una y otra vez las palabras de Kaede.

"Busca en tu corazón y descubre qué es lo que deseas."

-¿Arashi?

La joven volvió la cabeza algo sobresaltada.

-No me estabas escuchando - dijo el monje mientras dos enormes lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Ella suspiró. ¿Por qué tenía que ser siempre tan payaso?

-Lo siento. Estaba pensando en... otra cosa...

Sorata se puso serio y se volvió un poco hacia ella, sus ojos fijos en el perfil de la sacerdotisa, que volvía a mirar la lluvia caer. Algo la preocupaba. Y él, que después de todo seguía considerándose su guardián, lo averiguaría a toda costa. Pero antes, había otra cosa que lo intrigaba.

-¿Que te ha traído hasta aquí?

El cuerpo de la joven se tensó. Temía aquella pregunta desde el principio, desde que abandonó el templo de Ise para ir allí. Porque la respuesta era que no había respuesta. Ni siquiera ella sabía a ciencia cierta qué hacía allí. Pero no podía decirle todo aquello, hablarle de sus sueños, de sus miedos, de sus sentimientos. Lo que salió de sus labios fueron las palabras que se había repetido desde el comienzo de su viaje, la excusa que había preparado para esconder una vez más lo que había en su interior.

-Quería saber cómo estabas. Me marché a Ise cuando aún estabas en el hospital. Fui a Tokio hace una semana y estuve viéndolos a todos... Pensé que antes de volver al santuario podía pasar por aquí...

"Eres una terrible mentirosa, Arashi." - se dijo a sí misma, al comprobar cómo su respuesta no era en lo más mínimo convincente.

Sorata tenía aún los ojos fijos en ella, y la joven intuyó que él sabía que estaba mintiendo. Siempre había sido bueno leyendo a los demás, incluso había conseguido ver a través de su máscara una o dos veces.

"Así que lo que la preocupa y su visita a Koya están relacionados..." - pensó el novicio mientras observaba la confusión reflejada en aquellas pupilas grises.

-¡No tenías que haberte molestado! - dijo el joven con una expresión jovial mientras le daba palmaditas en la espalda a la muchacha. - Pero me alegro de que hayas venido, así he tenido la oportunidad de ver a la Sacerdotisa Oculta de Ise con su modelito más sexy, aunque aún sigo preguntándome cómo estás con una hakama...

Aquel cambio radical de expresión la desconcertó, como en todas las ocasiones anteriores. Siempre se había preguntado cómo era posible que un momento estuviese serio y al siguiente fuese bromista, alegre y despreocupado. Charlaron algo más sobre sus compañeros de aventura durante los meses que estuvieron viviendo juntos, después, sobrevino un incómodo silencio entre ambos.

-Preciosa, hay algo que me gustaría saber... - dijo Sorata unos momentos después.

La joven lo miró cautelosamente, temiendo que volviese a preguntar sobre su presencia en Koya. Él tenía la mirada fija en la lluvia, que caía con menos fuerza.

-¿A qué te refieres?

-Quisiera... que me contaras qué pasó en Tokio aquel día...

El novicio ladeó la cabeza y la miró.

-No me he atrevido a preguntarle a Yuzuriha en las cartas que nos escribimos... no sé por qué... tal vez por no hacerla recordar ahora que es tan feliz... Y tú si no quieres, no tienes por qué hacerlo, es sólo qué...

-Por mí está bien - lo interrumpió la sacerdotisa.

Arashi cerró los ojos y su mente retrocedió meses atrás. Oyó voces, vio imágenes, y comenzó su relato a partir de sus recuerdos más dolorosos.

-Después de que te desvanecieras, me... deshice de Nataku... - la joven miró de reojo al novicio, tal vez esperando una mirada acusadora, o de sorpresa, pero sus ojos seguían fijos en ella, escuchando con interés -. Fui a ayudar a quien tuviese más dificultad luchando. Karen se estaba enfrentando a uno de los Ángeles que podía dominar el agua...

-Ese debía ser Yuto, tuvimos un encuentro muy... amistoso antes de conocer a Kamui...

-Subaru y el Sakurazukamori estaban peleando también... Seiichiro parecía llevarlo bien contra el visionario de los Dragones de la Tierra. Yuzuriha se estaba enfrentando a Satsuki, la chica que tenía ese ordenador gigante llamado Bestia.

-¿La que nos atacó varias veces antes del Día Prometido, con cables que salían del suelo?

La joven asintió. Su mirada estaba dirigida al frente, clavada en la lluvia.

-Pensé que podía enfrentarme al hombre con el que tú estabas peleando, Kusanagi. Pero él parecía no estar interesado en la batalla. Estaba muy atento a los movimientos de Yuzuriha, y pude ver su preocupación cada vez que Satsuki atacaba. Creo que en ese momento adiviné que era la persona con la que Yuzu se había visto en secreto hasta ese momento. Así que decidí ir a ayudarla. No había hecho más que empezar a luchar cuando de repente, alguien gritó. La voz era tan potente que todos nos quedamos quietos durante esos momentos, y miramos hacia la Torre de Tokio. Kamui estaba allí. Era él el que había gritado. Nos ordenó a todos parar. Nos dijo que aquella batalla era sólo asunto de Fuma y él, y que nadie más debía inmiscuirse. Luego se volvió. Fuma, el Kamui de los Dragones de la Tierra, estaba allí también, frente a él. Cuando Satsuki intentó una treta, Kamui destruyó su ordenador. Estaba malherida cuando Yuto la sacó de aquella máquina, ya que parece ser que esa cosa no quería que Satsuki la sobreviviera...

Arashi se estremeció.

-La batalla fue escalofriante. Ninguno de nosotros, que estábamos sentados en las ruínas de un edificio cercano a la torre, podíamos dejar de mirar. Las espadas se cruzaron una y otra vez, el único ruído que se oía en aquel silencio sepulcral era el del choque de los metales. E inesperadamente, llegó el final. Fuma derribó a Kamui y cuando estaba a punto de darle una estocada, soltó la espada de repente y se sujetó la cabeza, dando fuertes gritos. Parecía que se hubiese vuelto completamente loco... Kamui se acercó a él despacio, diciendole algo que no pudimos oír, ya que estábamos demasiado lejos. Luego se arrodilló al lado de Fuma. Los doce fuímos rápidamente hacia allí y cuando llegamos, ambos amigos estaban abrazados, llorando...

La joven suspiró.

-Despúes de acabar todo, empezamos a preocuparnos por nuestras heridas y... por las bajas. Todos estábamos heridos de más o menos gravedad. Kakyou se acercó a Nataku. Nos dijo que su muerte era lo mejor que podía haberle pasado, que un ser como él no podía sobrevivir en este mundo... y deseó haberle seguido... Por lo que sé, se marchó a Kioto con Subaru... al parecer, había conocido a su hermana... En cuanto a Nataku, tengo noticias de que está en un laboratorio, tal vez están devolviéndole la vida, como la primera vez... Después, les llevé adonde te había dejado. Seiichiro se acercó y cuando fue a levantarte, nos dijo que estabas vivo...

Su expresión se suavizó y una dulce y casi imperceptible sonrisa se dibujó en el rostro de la sacerdotisa.

-El resto ya lo sabes. Fuimos al hospital y casi todos quedamos ingresados allí. Y después, poco a poco, fuimos volviendo a nuestras vidas...

Sorata estaba serio. Con los brazos apoyados en las rodillas, los dedos de sus manos entrecruzados, en los cuales apoyaba la barbilla, sus ojos fijos en la lluvia, parecía meditar sobre las palabras de Arashi.

-Cuando le conté lo que había pasado a mi maestro, me dijo que... quizá fue mi poder lo que me mantuvo vivo durante el tiempo que duró la batalla. Sería una explicación lógica, ya que después de todo, soy humano, y las heridas eran graves... tanto que estuve una semana en coma... - sonrió -. Yo tengo mi propia teoría.

El joven se volvió hacia Arashi, y la enigmática sonrisa que se dibujó en su rostro hizo que ésta se estremeciera.

Uno de los monjes se acercó a Hoshimi y depositó una taza de té en el suelo junto a él. Luego, haciendo una respetuosa reverencia, se retiró. El maestro, una vez que se hubo quedado solo, volvió su mirada hacia la galería. Desde allí podía ver a su discípulo y a la joven sentados en los escalones de madera.

"Así que esa es la muchacha de la que me hablaste en tu carta, ¿eh, Sorata?... La Sacerdotisa Oculta de Ise... Tan joven y con tanta responsabilidad sobre sus hombros..."

El anciano tomó la taza y dio un sorbo a la bebida. Después sonrió, recordando la última lectura de las estrellas, referente al destino de su protegido.

"Le echaré de menos... El monasterio está más animado cuando él ronda por aquí..."

La enorme campana del templo sonó momentos más tarde. La lluvia seguía cayendo, pero se había convertido en una finísima capa de agua, y Arashi supo que era el momento de decir adios.

-Tengo que irme - dijo mientras se levantaba del escalón.

Sorata se levantó casi a la vez que ella.

-¿Tan pronto? Pensaba que te quedarías un poco más. No tienes prisa, ¿no? El tren sale mañana...

-Sí...

-¿Tienes dónde alojarte?

-Aún no.

-Ve al hostal Iwamura. Está cerca de la estación y tienen unos precios muy asequibles.

Arashi no contestó. Saber que posiblemente era la última vez que le veía le oprimía el corazón y la garganta. Necesitaba un momento más de su voz, de su risa, de su presencia. ¿Aquello era amor?

"Yo también tengo... a alguien a quien quiero... Incluso en momentos como estos sigo pensando en él..." - le había dicho Yuzuriha un día, mientras esperaban un ataque por parte de los Dragones de la Tierra.

Algo pareció despertar dentro de ella, algo que la hizo darse cuenta de que todo lo que había en su interior se unía como un puzzle en una sola palabra. Y aquello fue lo que la decidió a hacer algo en contra de su naturaleza y su carácter.

-Esto... ¿sabrías de algún sitio donde ir a cenar?

-Bueno, en el hostal hay un pequeño comedor... Pero no hay nada como Shibarabu. Hacen el mejor okonomiyaki del mundo... ahhh... hace tiempo que no como uno de esos especiales... Está algo lejos del hostal, en el centro del pueblo...

Arashi respiró hondo.

-Suena bien... Recuerdo que cuando nos conocimos me dijiste que alguna vez iríamos juntos...

-Preciosa, ¿me estás pidiendo una cita? - la interrumpió el joven monje mirándola con una mezcla de alegría y malicia en sus ojos.

Las mejillas de Arashi se tiñeron de carmín y desvió la mirada, un gesto que Sorata había visto multitud de veces durante la estancia de los Sellos en la mansión Imonoyama, y que ahora comprendía... ya que la larga melena de la joven no cubría su rostro, como las veces anteriores. La vio asentir levemente, con los ojos todavía clavados en la puerta de madera del templo.

"Estoy segura de que a Arashi le gusta Sorata. Pero es demasiado tímida, jamás lo admitirá." - había oído el joven a Yuzuriha decir a Karen en una ocasión. Y aún recordaba la respuesta de la señora del fuego. "Y menos aún sabiendo cómo reaccionará Sorata si alguna vez se lo dice... Como mínimo gritará a los cuatro vientos su amor y saltará por toda la casa... Si ya lo hace cuando ella lo rechaza..." Ambas mujeres se habían echado a reír.

Cuando Arashi levantó la cabeza cautelosamente hacia Sorata, extrañada por no haber obtenido ninguna de las reacciones que esperaba de él, se sorprendió al encontrar al novicio mirándola con una gran sonrisa en su rostro. Era una sonrisa que había visto pocas veces, sincera y cordial.

-Acepto encantado.

Aquellas palabras aumentaron el sonrojo de la joven, si aquello era posible.

-Iré a recogerte al hostal sobre las ocho, ¿de acuerdo?

Arashi asintió. Abrió el paraguas y salió a la explanada, Sorata detrás de ella. Llegaron hasta la escalera de acceso al templo.

-¿No veo ningún coche ni autobús... ¿Cómo vas a volver?

-Iré dando un paseo.

-¿Estás segura? Es un camino largo...

-Si me canso siempre puedo recurrir a un transporte algo más... rápido...

Sorata sonrió. Aún recordaba aquellas "excursiones" por los tejados y azoteas de los edificios de Tokio, y lo que disfrutaba al sentirse tan ligero como una pluma y el viento en su rostro...

Arashi bajó los primeros escalones que conducían de vuelta a la carretera y se volvió. Un leve rubor cubría aún sus mejillas, añadiendo un hermoso contraste a la palidez de su piel.

-Nos vemos luego, entonces.

-Hasta la noche.